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El día en que Sevilla mira a María Coronel

Llegar al Convento de Santa Inés es un descubrimiento inesperado para quienes no lo conocen. Está tan cerca de las Setas que sorprende encontrar, en una calle angosta y tranquila, una tradición tan peculiar como la visita anual para ver el cuerpo incorrupto de María Coronel.

Ella fue una noble sevillana del siglo XIV que, según la tradición, se lanzó aceite hirviendo en el rostro para evitar que el rey Pedro I, que la acosaba desde la muerte de su esposo, la tomara por la fuerza. Tras aquel episodio, ingresó en vida al convento y terminó siendo fundadora del que hoy la guarda. No está canonizada, pero su historia quedó en la memoria religiosa y popular de Sevilla.

El camino para verla fue por las siempre encantadoras calles de la ciudad, angostas y serpenteantes, tan peculiares como lo que en minutos iba a presenciar. Con mapa en mano y mucha expectación, me encontré un pequeño portal, que contrasta con lo que se acostumbra ver en la arquitectura religiosa de la ciudad. Fue la primera sorpresa. La segunda llegó al notar que muchos transeúntes no sabían qué ocurría allí. Algunos se asomaban curiosos: “Uy, que está lleno”, decía una mujer; otra, pensando en los dulces, comentaba: “Aquí venden dulces caseros, pero no nos vamos a entretener”. Pasaban de largo sin saber que se perdían la única oportunidad del año para ver a María Coronel.

Entre los que sí sabían de la conmemoración, un padre le explicaba a su hija: “Todos los años, el dos de diciembre, abren su urna…”. Y, al mismo tiempo, un grupo de personas con audífonos, acompañados de un guía, salían del convento. La mezcla de curiosos, creyentes y despistados definían desde ya el carácter de la visita.

La fila atravesaba el patio y avanzaba lentamente. El clima era más natural que solemne: conversaciones sobre la familia, anécdotas, murmullos cálidos en la tarde fría. Algunos se animaban a pasar al fondo, donde se encontraba el torno para comprar dulces; otros miraban el patio con calma, esperando pacientemente.

Entrar a la iglesia generaba más expectación. A un costado, un hombre vendía recuerdos, estampas, libros, llaveros, que la gente miraba con curiosidad, aunque casi nadie compraba. Al final del recorrido, una reja dejaba ver la urna abierta. Uno podría pensar que el momento exigiría más silencio o más cuidado, pero las personas lo vivían con naturalidad: fotos rápidas, comentarios en voz baja, pasos tranquilos. Al no ser santa, nadie se persignaba ni pedía milagros.

Cuando llegó mi turno, al verla, me surgieron preguntas simples y superficiales: si le cambian la ropa, cómo la conservan, si la mueven o no. Pensamientos que nacen de presenciar algo tan singular. A la vez observaba sus manos sosteniendo el rosario, la posición de su cuerpo y su rostro. Era inevitable recordar que fue una mujer real, con vida propia, con todos los pequeños grandes detalles que eso significa: preocupaciones, alegrías y cansancio.

Al salir, la fila seguía atravesando el patio. Afuera ya era de noche y desde el portal se alcanzaban a ver las luces de Navidad iluminando la calle principal. Un contraste inevitable y fuerte entre muchas cosas: la alegría, la indiferencia, las luces, la noche, el dinero, la devoción, lo dulce, la vida, la muerte.

Lo que hace tan singular la visita, además de que puede hacerse solo una vez al año y de la historia personal de María Coronel, es que es una mezcla de cosas. La financiación de la iglesia por un lado, la curiosidad de la gente, la fe de otras, la tradición de los que van todos los años y, por su puesto, el cuerpo incorruptible de aquella mujer. A la cual muchos han visto, pero nadie podría decir que conoce.

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