Opinión

Premio Nobel: Literatura sin prisa en un mundo acelerado

“¿Aún hay sitio para la literatura sin prisa en el mundo de hoy?, le preguntó hace un año una periodista de El País a László Krasznahorkai. El escritor, como cualquiera de nosotros podría pensar, respondió: “No, en absoluto”. Sin embargo, el mundo parecía guardar una respuesta distinta. Este 2025 le concedieron el Premio Nobel de Literatura, reflejando hoy una luz de esperanza de que todavía hay espacio para la lentitud y, a su vez, haciendo más evidentes las sombras de nuestro acelerado ritmo de vida actual.

Su nombre no es tan conocido internacionalmente y él mismo reconoció hace un año que menos gente lee sus obras y que su escritura reflexiva es para una “islita muy aislada de lectores”. El autor nació en una pequeña ciudad de Hungría llamada Gyula, el 5 de enero de 1954. Estudió Derecho antes de dedicarse a la literatura y a la filología húngara. Vivió la caída del muro y recorrió distintos países, tanto en Europa como Asia, ampliando su visión del mundo y obteniendo inspiración para sus obras posteriores.

Recibió el Premio Internacional Man Booker en 2015 y este año ha recibido el Premio Nobel de Literatura por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte. Considerado el “maestro del apocalipsis”, fue descrito por el presidente del comité Nobel como “un gran escritor épico de la tradición centroeuropea que se extiende desde Kafka hasta Thomas Bernhard, y se caracteriza por el absurdo y el exceso grotesco”. Sus obras están marcadas por la profundidad de sus tramas y personajes, inspiradas en el fracaso, la vulnerabilidad, la opresión y la sociedad húngara. 

La conciencia del autor respecto a la poca comercialidad que parecen tener sus libros, en comparación con otros, nos habla de su postura artística frente a su profesión, una que ejerce desde la vocación de escribir sobre lo que realmente cree, siente y piensa relevante, en vez de lo que puede vender más. La lentitud de sus libros, entre frases extensas y densidad filosófica, invitan al lector a la paciencia. En un mundo dominado por la inmediatez y el consumo rápido, su escritura propone lo contrario: arte que se construye poco a poco y que vale la pena tomarse el tiempo de descubrir.

Su actitud resulta revolucionaria en una sociedad en el que se valora por, sobre todo, la producción, provocando que valoremos infinidad de cosas en términos de ganancia económica, incluso llegando a considerar nuestro tiempo, descanso y entretenimiento, bajo estos estándares.

No sorprende descubrir que, en sus varias colaboraciones con el director de cine Béla Tarr, sus guiones o novelas adaptadas a la gran pantalla mantengan esa misma atmósfera reflexiva e hipnótica. La película Sátántangó, adaptación de la primera novela de Krasznahorkai Tango Satánico (1985), se convirtió en un filme de culto de 7 horas de duración. Obras que no tienen miedo a los silencios y a formas no convencionales de expresar la vida, el arte.

Actualmente vivimos en un mundo en el que se sobreentiende que no hay espacio para este tipo de literatura y es algo que podemos ver incluso en las cosas más simples y cotidianas. En ambientes virtuales consumimos rápido, vemos videos cada vez más cortos y nuestra capacidad de atención se reduce. En la realidad estamos todo el día corriendo, comiendo rápido, trabajando rápido e incluso descansando rápido o en definitiva no descansando, porque incluso pensamos que el descanso no es válido y que tenemos que estar siempre haciendo algo productivo. Basta con ver que hemos cambiado las máquinas tradicionales de café por unas automáticas de cápsulas, el té en hoja por bolsas (las cuales muchas contienen microplásticos), y que en el supermercado ahora venden arroz redondo en 1 minuto.

Parece que estamos siempre intentando alcanzar una zanahoria invisible y que las horas son bombas que debemos desactivar antes de que exploten. Por eso, que el Premio Nobel de Literatura vaya a manos de un escritor como László Krasznahorkai tiene una significación diferente. Es un gesto de resistencia cultural y de crítica a un mundo cada vez más acelerado. Nos demuestra que todavía podemos apostar, como consumidores y creadores, por procesos más conscientes, más atentos a la calidad que a la velocidad.

Nos recuerda que hay cosas más importantes y creaciones más valiosas que no tienen que ver con su valor comercial o inmediatez, sino por su contenido y relevancia humana en la sociedad actual. “¿Aún hay sitio para la literatura sin prisa en el mundo de hoy?” Es idealista pensar que sí, pero la realidad es que el escritor húngaro que encarna esa idea ha sido galardonado y ese puede ser motivo de esperanza. Mientras existan autores como él, que se atrevan a crear despacio y lectores dispuestos a valorar esa profundidad, la respuesta es sí. Y eso depende de todos nosotros.

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